nos está tragando la tierra


Nos está tragando la tierra, poco a poco, sin tregua, sin compasión, casi se diría que con amor.

        La cosa comienza de esta manera. Uno de nosotros sale de casa para ocuparse en sus tareas: podar los olivos, recolectar leña para el invierno, dar de comer su ración de heno al ganado o limpiar los establos. Y cuando menos lo espera siente un tirón en el dedo gordo del pie. Durante unas horas cojea un poco, como si tuviera una china en el zapato o un callo demasiado tierno; es incómodo, desde luego, pero puede decirse que la jornada transcurre con normalidad y que a su término le espera una palangana con agua caliente y vinagre donde aliviar sus pies del rescoldo sobre el que parecen haber pisado durante todo el día.

        Pero no hay que fiarse. Ese alivio es pasajero, y bastará que ponga un pie en el suelo a la mañana siguiente para experimentar la confusa sensación de haber perdido peso y, sobre todo, altura. Quizá sea algo imperceptible al principio, pero está sensación irá creciendo a lo largo del día, alcanzando su punto culminante después de comer, cuando el simple acto de levantarse de la mesa y dar un único paso sólo será posible a costa de un esfuerzo extraordinario, en el que se verán involucradas todas sus energías, tanto físicas como mentales. Eso significa, sin lugar a dudas, que la tierra ha comenzado a tragárselo.

        De nada valdrá entonces acudir al médico. Ciudad Real está lejos; y lo más probable es que el proceso se consume antes de concluir el viaje. De modo que es mejor elegir un lugar y esperar a pie firme; no resistirse, ceder a la absorción inevitable.

        Luego están los familiares; es frecuente verlos con picos y palas en aquellos lugares de la casa, de la calle o del campo donde la tierra se tragó a sus seres queridos.

        —Tendrás que cavar muy hondo —le advierto a la María de Rompecasas, cuando pasa con su azadilla camino del patatar donde la tierra se tragó a su marido.

        Apenas me escucha; tiene prisa por recuperar el cuerpo antes de que se hunda más profundamente. O es que no entiende lo que digo, a causa de la tierra, que ya me llega a la boca. Hay muchos como yo, en fase terminal; sólo asoman ya la cabeza, y las cabras les lamen la cara como si fueran terrones de sal y los gatos se la mojan con su orina hedionda.

        Nos está tragando la tierra. Uno a uno. Sin descanso. Como si nuestro trabajo ahora consistiera en desaparecer, fundirnos con ella hasta que no quede nada de lo que fuimos mientras la cultivábamos, mientras nos servíamos de ella para criar hijos y animales. Tal vez es mejor que nos trague a que nos escupa como hace con los que, lejos de aquí, se agrupan en torno a las fuentes artificiales de los grandes almacenes para ver pasar a los desconocidos; o, asomados a la ventana de un bloque de pisos que da a una carretera, miran al cielo como si quisieran ser enterrados en él. Es mejor que la tierra nos trague, que nos llene el cuerpo de raíces y la boca de polvo y de semillas.

        —Ya te queda poco —oigo decir a mi hijo, que aún se halla en la primera fase del proceso. Pronto comenzará a sentir que la tierra tira de él, que no puede ir a ninguna parte, que no puede zafarse de ella tan fácilmente como de mi mano en su hombro.

        Nos está tragando la tierra. Y no sólo a las personas; también se traga a los animales. ¿Lo oyen? Es el perro de Gregorio, un pastor alemán, noble y valiente. La tierra se lo come por las patas y al pobre animal ya sólo le queda la boca para ladrar, como a mí. Hasta esas pobres cigüeñas que nos visitan todos los años desde que se fundó la aldea son incapaces de elevarse del suelo y ya se encuentran a la altura de las gallinas. Gatos, pájaros, lagartijas, mariposas, hormigas, renacuajos, a todos se los está tragando la tierra.

       Es la tierra que lo quiere todo, que no perdona, que nos ama demasiado para dejarnos a la intemperie como un campo mal labrado mientras esperamos que alguien venga a rescatarnos de nuestro abandono.

        Nos está tragando la tierra. Pronto no quedará de nosotros más que la pura tierra.


 

Francisco Gómez-Porro