siroco


La mañana que comenzó el vendaval, mi madre, luchando contra las ventanas, dijo:

            —Es el viento de los desdichados.

            La tía Catalina interrumpió su labor de punto y corrió a la portada.

            —¡Que pase pronto, Jesús mío! —la oímos gritar.

            Hasta esa tarde de abril no comprendí por qué aquel viento, que aullaba en las calles de la aldea como un lobo herido llamando a su manada, resultaba tan angustioso para los míos.

            Ya desde por la mañana, con los primeros revolcones del aire sobre las tejas, se oyó un tableteo como de arma automática en las habitaciones de arriba. La tía Catalina manifestó su preocupación por mi integridad, pero mi madre se mostró inflexible.

            —Cumplirá ocho años el mes que viene; es hora de que aprenda a resonar —dijo.

            Yo había oído decir que el viento excitaba a los locos, y durante los crudos temporales de invierno, cuando el vendaval rugía en todos los rincones de la aldea, escuchaba los gritos de Los Cebollinos, dos hermanos que sufrieron la misma enfermedad mental siendo muchachos y vivían, ya ancianos y solos, al final de mi calle.

            Al mediodía, cuando la casa comenzó a estremecerse, la tía Catalina cayó de rodillas. Mi madre me condujo al salón y, estrechándome las manos, me hizo sentar en el sofá, junto a ella.

            —Sé fuerte, mi niño —me dijo con su voz más dulce—. Es hora de que aprendas a resonar.

            Entonces sentí como si unas compuertas se abrieran en mis oídos, a lo que siguió, tras unos segundos de silencio absoluto, un bisbiseo que fue creciendo de volumen hasta convertirse en el griterío ensordecedor de una gran muchedumbre.

            —Sólo son personas —dijo mi madre—. Personas que sufren. No tienes por qué asustarte.

            Cerré los ojos. Una y otra vez el vendaval estrellaba su pecho de gigante contra las paredes; los cristales temblaban como al paso de un tren y las lámparas oscilaban como metrónomos en el techo de las habitaciones. 

            Con absoluta certeza supe entonces en qué se funda nuestra singularidad, esa fatalidad que generación tras generación se transmite a través de nuestros oídos y a la que nadie de los míos puede escapar. Aquel viento arrastraba consigo el dolor de los vencidos: los gritos de los niños aterrorizados por los disparos, las llamadas de socorro de los hombres antes de ser asesinados y la de las mujeres apedreadas o enterradas en cal viva, los espasmos agónicos de los torturados, los gemidos del miedo en los labios de los perseguidos, los alaridos de los calcinados por el fuego. Era el viento de las víctimas, la canción de la angustia humana que todos los miembros de mi familia materna están condenados a escuchar cada vez que sopla el viento del sur.

            No podemos hacer nada para evitarlo. Mi madre tiene razón. Convertirnos en propagadores, en cajas de resonancia de cuanto nos traspasa es la mejor medicina. Dejar que cada grito, cada palabra escupida con sangre, cada latigazo, cada golpe, cada bofetada, cada desgarro, resuene en nuestro cuerpo con una extraña vibración de angustia y esperanza, eso sí lo podemos hacer.

 

 

Francisco Gómez-Porro