el mundo en los tomillares


Cada día nos traemos un pedazo de Madrid a Los Tomillares. Hemos comenzado por la Puerta del Sol; más exactamente por el edificio que da a las calles Mayor y Arenal, cuya planta baja ocupa la pastelería de La Mallorquina.

            —Es que allí las cosas huelen mejor —explica Mino a los curiosos—, y no como en el extremo contrario, donde comienzan los bancos de la calle Alcalá.

            Las cosas que nos traemos son de poca importancia: un décimo de lotería, un periódico, unos envoltorios con restos de trufa o de napolitana de chocolate, mondadientes, una tacita de café desportillada.

            Al principio pensábamos que con esto sería suficiente para traer Madrid a Los Tomillares, puesto que lo último que deseábamos era llevar la aldea a Madrid, como han hecho otras, las pobres, que ya nadie las conoce, confundidas como están con miles de aldeas de España que optaron por irse a la capital, en lugar de llevarse la capital a la aldea, como hemos hecho nosotros.

            Pero algo ha ocurrido esta tarde. Nano, que ha vuelto de dar yeso en una obra de Leganés, traía en su bolsa algo realmente chocante.

            —¿Una tienda de campaña? —le ha preguntado Mino que se ocupa de inventariar los objetos.

            —Es lo único que he encontrado. Hay muchas.

            Marisa, que volvía de llevar a su hijo a un médico de pago ha entregado lo suyo, una especie de cartelito improvisado sobre un cartón. El pobre Mino, miope y tímido, no daba crédito.

            —¿Cómo? ¿Comisión Feminista?

            —Sí. Hay muchos cartones como éste. En otros puede leerse Comunicación Audiovisual, Derechos Animales, Biblioteca, y así. Pero no sé por qué me ha parecido que éste estaba muy bien. ¿He hecho mal?

            No, Marisa no ha hecho mal. Han tenido que pasar unas semanas para darnos cuenta de que todo lo que traíamos de la Puerta del Sol eran tiendas de campaña y cartones pintados. Estábamos rascándonos el cogote cuando los niños de Mere han montado una tienda y se han metido dentro. ¡Qué gusto daba ver jugar a esos diablillos! Pronto le han seguido los tres jóvenes de la aldea, que se han quedado a pasar la noche. Pero lo más sorprendente ha sido cuando esta mañana hemos visto a Candelas y a su mujer, la Lore, asomando sus cabecitas  canas en unas de las tiendas.

            —Hemos pasado aquí la noche. ¡Y qué ricamente se está!

            —¡Y sin pagar alquiler! —ha añadido la viejecilla.

            La idea ha cundido. Aquí estamos todos ahora, metidos en tiendas de campaña frente a nuestras casas. De vez en cuando, nos reunimos para evaluar los resultados de nuestro proyecto de traer Madrid a la aldea.

            Justino, que es el encargado de la organización y la seguridad, está sentado en una esterilla.

            —Algo ha cambiado —dice, elevando mucho la barbilla, pues no en vano fue policía.

 

            Algo ha cambiado, es verdad. No ha sido necesario traer la estatua ecuestre de Carlos III ni la del Oso y el Madroño, como teníamos pensado. Madrid ya está en Los Tomillares, y no solo Madrid, sino toda España, todo el mundo, si me permiten la exageración. Sí, todo el mundo. Si no me creen, véngase una de estas tardes de octubre hasta Los Tomillares. Pero, por favor, dense prisa, ya que últimamente lo único que nos llega son balas de goma y cristales rotos manchados de sangre. 

 

 

Francisco Gómez-Porro