repoblación


Amanece como si al cielo le costara hacer la digestión de tanta oscuridad. Macario vuelve de acompañar a los nuevos vecinos a la que será su casa.

        —Tres en total —dice, entregándome el talonario de registros y la linterna—. La pareja y un niño de pocos meses. Son muy jóvenes.

        Desde que pusimos en marcha el proyecto de repoblación no cesan de llegar nuevos colonos. La idea la tuvo Aquilino, el nieto de Valentín, el herrero. Los demás nos limitamos a dar nuestra aprobación y a financiar los gastos del viaje. No obstante, le dimos instrucciones muy precisas. Tenía que ponerse en contacto con las víctimas de los lanzamientos (así se denomina a los desahucios en lenguaje jurídico) y ofrecerles las casas vacías de nuestra aldea cuyos propietarios ya habían muerto o estaban ausentes. Además, tendrían acceso a un lote de tierra y a una punta de ganado, pues nadie se muere de hambre entre nosotros si sabe cultivar patatas o cuidar a los animales.

        Pronto tuvimos noticias suyas. Una asociación de apoyo a los desahuciados estaba dispuesta a patrocinar el proyecto.

        —¿Es que no se acuestan? —pregunto a Macario, señalándole la luz encendida de la casa donde se alojan los recién llegados.

        —Pasa siempre. Les da miedo la oscuridad. Luego se acostumbran.

        Nuestra aldea es muy bella. No merecía morir enterrada bajo los escombros y las malas hierbas. El plan de repoblación está siendo un éxito, si bien nos vimos obligados a introducir algunos cambios con respecto al plan original. Eso lo comprendimos desde que llegó el primer colono, que dijo llamarse Severino. Estábamos en la plaza porque en la asociación nos habían dicho que llegaría de noche. El forastero tenía todos los papeles en regla. Fue, precisamente, la hija de Macario quien nos señaló la fea herida de color azul que rodeaba su cuello como un collar.

        Algunos lo comprendieron al momento y otros tardaron un poco más, pero todos sentimos un escalofrío cuando tomamos conciencia de lo que ocurre. Después de aquella noche vinieron nuevos colonos, todos con el mismo estigma, todos con señales de haberse quitado la vida. A unos les delata el pedazo de cuerda que llevan anudado al cuello; a otros la lengua azul o la profunda somnolencia en que cayeron después de ingerir el veneno o grandes cantidades de psicofármacos. A una mujer que se arrojó desde la ventana de su piso, en presencia de la comisión judicial, hubo que recomponerle un poco los huesos antes de adjudicarle vivienda.  

        Nos dolió, qué duda cabe. Y algunos de nosotros quisieron renunciar al proyecto, pero, finalmente, se impuso la cordura.

        —Que no pases mucho frío —se despide Macario.

        Hace mucho frío; el invierno es duro aquí, en La Calderina. Si uno presta atención puede escuchar el sonido como de insecto pisado que hace el agua al cristalizarse. Pero ¿qué importan el frío, la lluvia y la nieve, cuando de lo que se trata es del porvenir de la aldea, de nuestra querida aldea?  

 

Francisco Gómez-Porro