donde no llega nuestro grito


Guillermo comprueba la temperatura del horno. Después se quita el gorro y el delantal y se pone la cazadora de cuero. Cuando salimos a la calle tiene todavía restos de harina en las cejas y en las comisuras de los labios.

            —No hay que fiarse —dice mientras se pone los guantes de lana—. Mayo puede ser un mes muy traidor.

            El viento es frío; parece que este año la primavera tarda en llegar. Sin embargo, a diferencia de hace cuatro años, cuando nuestros oídos detectaron por primera vez un rumor en el cielo que parecía venir del otro lado de la sierra y nadie sintió la menor curiosidad para salir a investigar su procedencia, se diría que todos los vecinos de la aldea han salido a la calle esta noche; eso sí, bien pertrechados de abrigos, bufandas y gorros de lana.

            Antes caminábamos en silencio, y sólo al llegar al lugar designado nos permitíamos hacer alguna observación en voz muy baja. Pero la experiencia de estos cuatro años nos ha demostrado que el grito, o lo que quiera que sea lo que oímos, se oye con más claridad si todos hablamos, si todos participamos, incluso aquellos que permanecen mudos cuando se trata de opinar o decidir sobre los asuntos de la aldea.

            —¿Creéis que esta noche se oirá mejor? —pregunta Dioni, el hijo de Román, que, en lugar de marcharse como han hecho otros, ha decidido quedarse cuidando el ganado y la hacienda de su padre.

            La Tadea, desde la silla de ruedas que empuja su hijo Ino, que se quedó en el paro cuando cerraron la fábrica de materiales de construcción de Malagón, se apresura a observar:

            —Con la primavera se oye mejor.

            Es cierto. Con la primavera ese grito que quiere ser una voz, esa voz que quiere ser una palabra, se oye más claramente, aunque nunca lo suficiente para saber de qué palabra se trata. Y quizás sea esta incapacidad nuestra para descifrarla lo que nos impulsa a salir a la calle cada noche, todos juntos, como si de ello dependiera el futuro de nuestras vidas.

            Otra de las cosas que contribuyen a que la voz se oiga mejor —aunque nunca es suficientemente clara como para poder afirmar que es una voz real— es la luz. Por eso nos reunimos bajo la farola que hay en la carretera, ya que, debido a los recortes presupuestarios, las de la aldea sólo se encienden la noche de Santa Lucía; precisamente, la noche en que resulta más fácil alumbrarnos debido a la luz que despiden las hogueras.

            De pronto, alguien, que según hemos podido corroborar siempre es distinto, exclama:

            —Escuchad.

           Eso basta para que, tras un primer momento de vacilación, subamos el volumen de nuestras intervenciones; y cada vez que lo hacemos, se oye mejor el grito.

            Hablamos de nuestras cosas, de lo que más nos preocupa. De Juliana, la maestra, que se fue de la aldea cuando la escuela fue cerrada. De Juan José, que no ha podido seguir dando clases de música a los muchachos después de que dejaran de abonarle las cuatro perras que recibía en concepto de subvención. De la ambulancia y de lo que tarda en llegar en caso de urgencia. De la aceituna, más escasa este año que el anterior; y de la leche, que tiene el mismo precio que hace veinte años. Y así.

            Cuanto más hablamos, mejor se oye esa voz que viene del otro lado de los montes.

            —¿Qué dice? —pregunta la vieja Tadea.

            —Parece que ha dicho «pensiones» —contesta su hijo, entrecerrando un ojo, como si de este modo le fuera posible escuchar mejor.

            La verdad es que nunca nos ponemos de acuerdo; cada cual oye cosas distintas. A Toñi, que montó una peluquería en la aldea pensando que se iba llenar, le parece que la voz ha dicho «millones»; a Cipriano, en cambio, le parece que ha dicho «melocotones», que es su único tema desde que se ha empeñado en obtener la denominación de origen para el melocotón de la aldea. Guillermo y yo escuchamos algo muy distinto, que tiene que ver con el hijo que esperamos si nos va bien con la panadería.

            El caso es que cada cual oye lo que quiere oír. Pero como ya dije antes no podemos estar seguros de lo que oímos, ni siquiera de que sea una voz, pues a veces suena como un grito y otras como un viento muy fuerte.

            Después, tras una sesión que suele durar una hora, viene un momento en que la voz parece que va a llegar por fin a nosotros, hacerse audible en todo su volumen, pero en realidad ya ha comenzado a debilitarse. Instantes más tarde no se oye nada, aunque gritemos intentando llegar hasta ella.

            —No se oye nada —nos decimos unos a otros.

            —No, no se oye nada.

            Entonces nos anudamos la bufanda, nos levantamos las solapas de los abrigos y regresamos a la aldea, que ya huele a pan recién horneado. Allí nos despedimos hasta la noche siguiente en que saldremos de nuevo a escuchar el grito, o la palabra, o lo que sea, confiados en que alguna vez llegará hasta nosotros con toda claridad y podremos saber por fin qué dice, a quién se dirige, si es un grito de dolor o de protesta o de esperanza.

            Antes de pasar a la habitación del horno, Guillermo, mirando al cielo, dice:

            —Tal vez, mañana.

            —Sí, tal vez mañana —repito yo, acariciando mi vientre, y deseando con todas mis fuerzas que la primavera no tarde en llegar.

 

Francisco Gómez-Porro