agridulzura


Saben un poquito a manzana y a uva muy ácidas y otro poquito a plátano y albaricoque. Pero no es ninguna de estas frutas. Es el monono.

        —¿Os gustan? —pregunta padre—. Es dulce, muy dulce.

        Madre tiene una expresión desabrida, que no presagia una opinión favorable. Rita, en cambio, no deja de mordisquear su monono con genuina fruición, porque Rita también es dulce, como padre, como el monono.

        —Serán necesarios tres años para obtener el primer fruto —dice padre con cautela, intentando paliar los efectos de ese «Y un gran desembolso económico» con que a mamá y a mí nos gusta rubricar sus proyectos.

        Padre alimenta la esperanza de que todo cambie con el cultivo del monono. Ya conocemos la secuencia que forzosa, fatalmente, se repetirá de nuevo; la hemos vivido otras veces. Más créditos, más pasta en la sopa y menos carne en la olla, Rita sin su ordenador para el día de Reyes y yo de nuevo a trabajar en la pizzería para sufragar mis estudios. Pasó lo mismo con la jindana, esa frutilla pegajosa con sabor a pan recién hecho que, según el Ministerio de Agricultura, estaba llamada a paliar el hambre en el mundo. Y antes con el otomí, una especie de azafrán modificado genéticamente pero con unos pelillos a lo bestia que tostados al fuego saben a bocadillo de cantimpalo.

        —¿Os acordáis de las cipas? —pregunta madre como para rebajarle a padre los humos que dejan los sueños de cambiar tan a menudo con la esperanza de que todo cambie.

        Tampoco yo me quedo atrás.

        —Y de los miruelos ¿os acordáis?

        Rita no dice nada. Chupetea el huesecillo cilíndrico de su monono como si quisiera blindar a padre de los reproches de mamá y de los míos.

        —Es la fruta de moda —arguye padre sin convicción—. Además sólo un agricultor experto puede llevarla a cabo con éxito.

        En eso lleva razón; nadie como padre para sacarle a la tierra lo que desea, o lo que desean aquellos que determinan lo que se ha de cultivar en ella.

        —¿Entonces? —pregunta.

        Es un momento decisivo. Las posiciones están claras. Dos bandos: padre y Rita, madre y yo. Y como siempre la molesta sensación de estar atados a algo que quiere ser la tierra y no es la tierra, porque la tierra da flores y hierbas y espárragos y permite que corra por ella el conejo y la musaraña, y la nuestra solo da lo que buenamente dispongan quienes no la trabajan y los únicos que crían en ella son los conejos con mixomatosis. Madre y yo lo sabemos; padre y Rita también, pero prefieren que sigamos naufragando en el océano siempre agitado de los nuevos cultivos que por lo menos nos permite soñar o que el sueño se repita mientras preparamos el terreno, acondicionamos el sistema de riego, sembramos, regamos, dedicamos tiempo, trabajo y dinero,  hasta que llega, inevitable, la decepción de la cosecha.

        —¿Entonces? —repite padre.

        Y Rita, con esas manos perfectas que parece que atesoran en lugar de tocar, con esa mirada en la que todas las demás se licuan, que toma otro monono y se lo lleva a la boca y nosotros que oímos el chop con que lo revientan sus dientes y vemos brotar el juguillo meloso entre sus labios. 

 

Francisco Gómez-Porro