los trae la lluvia


Se llama Agostinho y tiene diecinueve años. Está a la entrada del Humilladero, resguardándose de la lluvia bajo el tejado de la casa de Ventura. Tiene apoyado en el hombro el palo donde lleva los globos y otras pacotillas. Alguien tiene que decirle la verdad, lo hemos echado a suertes y me ha tocado a mí.

        —¿Entonces has venido a las ferias de la aldea? —le pregunto por tercera vez.

        Agostinho asiente; el bozo —como un pincel finísimo de pelo de camello— acentúa su expresión de seriedad.

        —Entiendo —digo disimulando mi disgusto, porque ni sé la de veces que me ha tocado hacer el mismo papel—. Pero en esta aldea hay muy pocos niños, ¿lo sabes?

        Agostinho dirige una mirada a sus globos, como para asegurarse de que siguen ahí.

        —En realidad —prosigo— no hay un solo niño. El último se fue hace años con sus padres a vivir a Malagón. Allí sí que hay una feria de verdad —añado, persuasivo, zalamero—. Seguro que te quitan de las manos globos tan lindos.

        —¿Me puede comprar el pan? —pregunta tendiéndome una moneda.

        He omitido decirle que aquí no hay panadería, que sólo somos cinco o seis familias que cuidan el ganado de día y duermen en Malagón donde tienen su casa. Tampoco he aceptado su moneda. Lo único que deseo es no ser yo el que le diga que debe haber un error, que no es posible que alguien le haya aconsejado que venga aquí a vender sus globos, donde sólo las cabras y las ovejas viven de modo permanente. ¿De dónde habrá sacado que haya habido feria alguna vez en El Humilladero? ¿No estará compinchado con alguna banda de ladrones de aperos de labranza y motores de pozos?

        —¿Entonces te quedas aquí? —le pregunta la Jesusa, que ha salido con los demás a echarme una mano.

        —Sí.

        —¿Y hasta cuándo?

        —Hasta que escampe y pueda vender mis globos —contesta, muy serio.

        Ahora amanece y no deja de llover. Al balido de los mamantones se une el graznido de los fumareles en la laguna y el de la lluvia. El otoño tiene dos manos: con una madura las uvas y los membrillos y con otra los pudre.

        De vez en cuando, alguno de nosotros se echa un saco vacío del pienso a la cabeza y sale del porche para ir a la casa de Ventura y echar un vistazo. La última vez que lo hice seguía lloviendo. Agostinho estaba sentado, masticando nuestro pan, sin soltar el palo del que penden sus globos con las caras de la Pantera Rosa, Spiderman o con formas de gato o de perrito dálmata.

        —¿Sigue ahí? —me pregunta Jonás, que también ha preferido pasar la noche en la majada en lugar de volver al pueblo junto a su mujer, que está de ocho meses.

        Muevo la cabeza, consternado, paciente, como todos.

        —¿Pero por qué ha venido? —insiste Jonás.

        Miro por un momento a Jonás a través de la lluvia, a través de los años que hemos compartido en la aldea. Él se fue a vivir a Malagón antes que yo, pero sufre por las mismas cosas: los créditos, el precio de los piensos, la maquinaría, el futuro de los hijos.

        —¿Por qué vinieron los demás, Jonás? ¿Por qué?

        Jonás se queda clavado bajo el tejadillo de chapa del gallinero, como si le hubiera alcanzado un rayo. No sabe qué decir; no se lo reprocho, nadie sabe qué decir. Parece que los trae la lluvia.

 

Francisco Gómez-Porro