no morirás, libélula


Pura empuja el carrito con las gemelas y yo la sigo con el pequeño Javier en los hombros. Pasamos el arroyo por el puentecillo; los vecinos se hayan en la otra orilla. Los más viejos, sentados en sus sillas de lona, toman el sol; pero la mayoría lo hace en el suelo, sobre las mantas. Pura y yo elegimos un lugar no demasiado alejado de ellos para extender las nuestras.

        Arriba, entre las lascas, el arroyo saca su pecho florido. Agua fresca, joven, le gusta brillar al sol; huele a tomillo salsero y a lavanda.

        De pronto, Julio, que fue soldado en la guerra de Bosnia, rompe la quietud balsámica de la tarde.

        —¡Ahí está!

        La expectación general que suscita la alarma de Julio despierta a las gemelas. Pura pregunta en mi oído:

        —Pero ¿dónde, dónde está?

       Todos estamos en pie, mirando en la dirección que miran los ojos de Julio, que siempre exagera sus emociones.

        —¡Frente a la peña! —grita de nuevo.

        Ahí está, es cierto. Julio, con la experiencia que dan las guardias, no falla nunca. Ya casi todos la han visto; Pura también, porque de pronto siento la presión de su mano en mi brazo y sus palabras temblorosas por la emoción.

        —Por favor, por favor.

        Sólo es una libélula que vuela sobre el arroyo. Sólo eso, una libélula, pero todos pensamos que merece la pena asistir como testigos conscientes al gran espectáculo de su plenitud antes de que desaparezca como si nunca hubiera existido.

        —¡No morirás, libélula! —grita Julio en tono marcial.

        —¡No, no morirás! —gritamos los demás a coro con un estremecimiento. Pura tiene lágrimas en los ojos; a mí se me eriza el vello de los brazos cuando estrecho a mis gemelas.

        —¡No morirás, libélula! —repite Julio.

        —¡No morirás, no! —respondemos todos.

        Esbelta, la pequeña libélula traza figuras geométricas invisibles en el aire. Sube y baja, lo mira todo con sus grandes ojos; nos mira, tal vez nos mira; tal vez ella también nos cuida a su manera y nos protege del olvido como nosotros a ella.

        Pasamos el tiempo así; algunos han sacado ya la merienda. Pura y Javier se pasan el balón, yo le doy a las gemelas su papilla de frutas y cereales. De vez en cuando, alguien que quiere estar solo o ver mejor, se acerca a las juncadas y, sin que nadie le oiga —salvo yo, que escribo este cuento— exclama: «¡No morirás, libélula!»

        La primavera pasada fue esa clavellina silvestre que crece en un claro del monte desde donde Lourdes vigila a sus vacas. Y la anterior, un colirrojo que visitaba el granero vacío de Feliso. Es la manera que tenemos de conservar lo que realmente merece la pena: esa vida concreta que está a nuestro lado sin que se note, que consume la suya sin que nuestros ojos registren una sola imagen o un solo sonido de ella.

        No morirá aquella clavellina; no morirá aquel colirrojo; no morirás tú, libélula.

 

Francisco Gómez-Porro