¡que viene el miedo!


Hoy ha venido a visitarnos el miedo. Suele hacerlo a final de mes, cuando ya hemos gastado la pensión o el subsidio de paro. Su fisonomía es versátil, puede ser el vendedor de pescado que viene de Ciudad Real o un afilador que toca la chifla mientras empuja indolente su motocicleta. No elige a nadie en particular. En ocasiones toma el aspecto de una culebra que sale a tomar el sol en medio del camino o de un perro abandonado que corre con la lengua fuera por la carretera de Toledo.

             Ayer se hizo pasar por Bernardo, el repartidor de butano. El pobre chico, medio cegato, con la bombona al hombro, llamaba inútilmente a las puertas, un poco mosqueado porque no sabía que el miedo iba con él —era él—, y nosotros sí lo sabíamos.

             —¿Pero qué pasa hoy aquí? —le oímos gritar desde nuestros escondrijos.

             El miedo es así, le roba la cara a cualquiera. Nosotros lo distinguimos por la figura, por el aliento, y porque le gusta darse una vuelta de vez en cuando por la aldea, a ver si cae algo. 

             —Viene por este aire tan rico —dijo el ciego Arsenio abriendo desmesuradamente sus grandes ojos de miel.

             Luego sonó el claxon de un automóvil, lo cual provocó que nos pusiéramos en guardia, ya que hay días que el miedo vuelve una y otra vez sin darse por vencido. Era el veterinario que venía a la majada de los Bailones, donde al parecer hay un brote de glosopeda. Parecía normal. Pero cuando se marchó, con el sol derritiéndose en el monte como un helado de fresa y vainilla, llegó don Hilario, el maestro jubilado de El Robledo. Ya íbamos a cenar. Mi hermano Palín, que estaba en la ventana, nos dio el aviso.

             —Es el miedo. Ha vuelto.

             Entonces apagamos las luces y regresamos a nuestros refugios.

             El día más temido de la semana es hoy, el miércoles, porque entonces el miedo adopta la forma más inesperada, desde la de un gato que olisquea en el puesto de la fruta hasta la de cualquier vendedor ambulante.

             —¿Quién será hoy? —nos preguntamos al rayar el día, cuando los comerciantes terminan de montar sus tenderetes.

             —Es el tío de las cebollas —dice Donato, con tal convicción que no deja lugar a dudas.

             Nos retiramos ordenadamente, sin prisa, por turnos, como ya tenemos ensayado, hasta que ya no queda nadie, excepto los senegaleses que venden cinturones de piel de cerdo y el tío de las cebollas, o sea, el miedo, que sigue ahí, en su puesto, esperando a los incautos que se atrevan a abandonar su escondite.

             Desde el interior de los baúles, bajo las baldosas de los fogones, entre la lana de los colchones, en el fondo de los pozos y de las tinajas vacías, nos preguntamos si el miedo se va a marchar ya o se va a quedar hasta que nos rindamos, porque lo que es él no se rendirá nunca.

             Menos mal que nuestro miedo es ya muy viejo —los miedos jóvenes prefieren las grandes ciudades donde pueden saciarse a su gusto— y a veces hasta nos da pena verlo pasar, porque se parece a nosotros, con su paso de tortuga y ese temblorcillo de manos y piernas que precede a la muerte definitiva.

             La verdad es que uno se acostumbra a todo, incluso al miedo, y a veces nos ocurre que lo echamos de menos. Hasta hemos decidido disimular un poco y hacer como que nos aterra, como que su mera existencia hace imposible la nuestra, para que se sienta un poco mejor ahora que llegan sus últimos días, no sea que cuando muera este miedo venga otro a sustituirle, más oscuro e imprevisible. 


Francisco Gómez-Porro