la otra mano


Asunción vive sola; nunca ha salido de Valdehierro. Para beber agua o cocinar tiene que recorrer dos kilómetros cuesta arriba. Jamás se le ha oído una queja. Pero hoy, cuando descendía por la cuesta con su garrafa de diez litros, ha sentido deseos de exclamar: «¡Perra vida!»

            Justo cuando iban a salir esas palabras de su boca ha sentido que algo la amordazaba.

            —¿Algo como qué? —preguntamos.

            —Algo como una mano —ha precisado Asunción.

            Asunción es muy anciana y necesita que alguien cuide de ella y le administre su anticoagulante.

            —No es justo —dice Aurelio, también llamado Picodeoro—. ¿Dónde están los servicios sociales? —Iba a añadir algo más en medio de su indignación cuando de pronto ha empalidecido como si se hubiera tragado un hueso de pollo.  Movía los labios espachurrados sin decir nada.

            —No os lo vais a creer —dice, tras unos minutos de angustia—. Pero una mano me ha tapado la boca.

            La alarma es general. ¿Qué está ocurriendo? ¿De dónde sale esa mano que nos impide gritar nuestro descontento? Ni siquiera podemos responder a estas preguntas en voz alta porque de pronto la mano —una mano real, palpable pero invisible— nos lo impide.

            Por fortuna, esta calamidad ha concluido con la llegada de Vicente, el hijo de los guardas de la finca de Verdelpino, que no puede pagar las tasas universitarias y ha regresado a la aldea procedente de Madrid, donde estudiaba Economía.

            —Él conoce bien esa mano —nos asegura su padre—. Sabe cómo tratarla.

            No estábamos muy convencidos. Segis, que siempre recela de lo que viene de la ciudad, habla por todos.

            —Pero ¿y si en lugar de taparnos la boca comienza a repartir hostias?

            Vicente ha puesto cara de conmiseración y perplejidad.

            —¿Pero es qué no lo entendéis, desgraciados? Es una mano, ¡una sola mano!

            La cuestión es que siguiendo las indicaciones de Vicente nos hemos reunido en la plaza.

            —Está bien —ha dicho—. A la de tres cada uno comienza a gritar lo que le dé la gana. Pase lo que pase, nadie se detiene. ¿Entendido?

            No había nada que entender. Estábamos inquietos como cabritillos, pero cuando Vicente ha dicho «¡Y tres!», nos hemos puesto a gritar como locos.

            —¡Estafadores!

            —¡Sinvergüenzas!

            —¡Devolvednos la escuela!

            —¿Dónde está el médico?

            —¡Queremos trabajo!

            —¡Y agua potable!

            —¡Y que pase de nuevo el bibliobús!

            Había que ver a los que enmudecían de pronto a mitad de una palabra, sin que por eso se apagara el clamor general. Yo mismo he sentido la mano tapándome la boca. Pero ha sido sólo por un instante, ya que enseguida se ha desplazado hasta Sinforoso, que se quejaba del precio de las medicinas. Y después ha pasado a otro, y luego a otro, y así, y la mano no podía hacer nada para callarnos a todos simultáneamente. Yo creo que gritaban hasta los ciervos, como cuando la berrea.

            Luego nos hemos dado cuenta de que la mano había desaparecido, nadie mostraba síntomas de hallarse amordazado y todos podíamos gritar a gusto. También lo hemos sabido por los buitres, que han bajado hasta el valle y se disputaban una carroña similar a una garra momificada.

            Entonces Vicente ha dicho:

            —Es la otra mano invisible de Adam Smith.

            Nadie ha entendido a lo que se refiere, aunque debe tener su gracia por la forma en que sonreía.

 

                                            Francisco Gómez-Porro