zahorí


Descendió de la cabina del tractor. Se aproximó con cautela. No había duda: lo que asomaba por la boca del saco era el cuerpo de un hombre maniatado, con los ojos abiertos y el pecho lleno de balazos.

            Despertó de madrugada; el tenue silbido de la alondra disipaba grano a grano la oscuridad. Subió al tractor y se dirigió a la raña. Halló más cuerpos a pocos metros de donde había encontrado el anterior. Esta vez se trataba de tres hombres con los ojos vendados, las manos amarradas a la espalda y varios tiros en el corazón.

            Regresó a su casa por un camino distinto, con las luces del tractor apagadas. En ningún caso informó a las autoridades; sospechó que se había vuelto loco.

            Al día siguiente, cuando araba la tierra, escuchó la radio local; nadie habló de cadáveres. Pero una vez más, al final de la jornada, los vio en la cuneta: una mujer y un niño aferrado a su pecho; los dos con un agujero en la nuca del tamaño de una moneda. Ya no le cupo duda: la tierra se había confabulado para perderle.

            Continuó descubriendo cadáveres a lo largo de la primavera. Niños escuálidos como los que aparecían en las fotografías de las campañas contra el hambre. Mujeres con el cuerpo chorreante y el cabello lleno de algas que habían permanecido en el fondo del mar durante mucho tiempo. Entre los hombres, destacaban los que presentaban un agujero en la cabeza o los que todavía llevaban al cuello la cuerda con la que fueron ahorcados.

            Consternado, pasó mucho tiempo sin salir de casa, sin más contacto con sus vecinos que las esporádicas visitas del cartero.

             Un día de abril, en que la raña abría sus párpados pringosos de jara, llamaron a la puerta.

             —¡Ayúdenos, por favor ! —oyó gritar al otro lado.  Nunca consiguió averiguar de qué modo lo supieron; jamás había revelado a nadie la naturaleza de sus descubrimientos. Después de aquella visita recibió muchas más.

            —¡Ayúdenos, por favor!

             Él les escucha mientras hablan de sus familiares desaparecidos en las cunetas o en los campos durante la guerra. Le ofrecen dinero por la búsqueda de sus restos. Le suplican en nombre de Dios, de la República, de la simple Humanidad. Quieren dignificar la memoria de sus seres queridos, darles el entierro que les negó la historia.

             Al fin, él cede; siempre cede.

             Entonces visita los lugares donde se supone que desaparecieron. Se limita a caminar sin pensar en nada, como cuando araba con el tractor y la raña se extendía como una piel desnuda para que él pudiera acariciarla con su mirada. Allí donde se detiene están los restos; para él y sólo para él son cadáveres frescos y visibles como si acabaran de ser asesinados; para los demás son un puñado de polvo y astillas.

             Nunca cobra por su trabajo; su salud es más precaria cada día.

 

Francisco Gómez-Porro