el protector


—¡Enhorabuena! —le notificó el doctor—. Los resultados del ecocardiograma son excelentes.

             Elías bajó la cabeza. El trasplante de corazón había sido un éxito, y los chequeos regulares indicaban que no existía rechazo. Pero algo no andaba bien y no sabía cómo explicarlo.

             —¿Puedo viajar?

             —Por supuesto. ¿Lo tiene previsto?

             —Ya veremos —contestó, impaciente y confuso.

             Elías salía poco del pueblo; a Madrid o a Ciudad Real como muy lejos, y siempre por enfermedad o algún evento deportivo. A la mañana siguiente, en lugar de regresar a sus clases de matemáticas, tomó el autobús, y una vez en Madrid pidió un taxi para el aeropuerto. Leyó los destinos en el panel de información y eligió Tánger; era el primer vuelo en partir. No tuvo conciencia del viaje hasta su llegada a la gran ciudad marroquí, en la que sólo permaneció el tiempo justo para tomar un autobús del que se bajó, tras una hora de recorrido por carreteras bacheadas, en un pueblo llamado Moulay Bousselham. Recorrió una calle llena de hombres que tomaban te y fumaban kifi y salió del pueblo.

            A través de un campo árido, salpicado de huertas, llegó a una pequeña aldea, situada al borde de una laguna. Una bandada de flamencos levantó el vuelo tiñendo el cielo de rosa. En la orilla había una pequeña casa de muros de adobe. Sin saber por qué, se detuvo, y por primera vez desde que salió de la consulta del doctor, supo que ese era su destino.

             Llamó a la puerta. Salió a recibirle una mujer muy joven. Elías sintió una emoción inexplicable. La mujer debió experimentar algo parecido puesto que; sin mediar palabra, lo invitó a pasar con un gesto. Era una habitación de paredes encaladas y sin más mobiliario que algunas esteras de cáñamo. Horas más tarde, de regreso a España, Elías llevaba pegado al cuerpo el olor a pobreza de aquella casita.

             Durante los meses siguientes intentó explicarse sin conseguirlo el sentido de aquel viaje. Pero, arrastrado por un impulso irreprimible, partió de nuevo durante las vacaciones de Navidad. Esta vez llevó a la mujer algunos regalos: pastillas de jabón, aspirinas, gasas, vendas y cosas así. No intercambiaron ni una sola palabra. Él se limitó a permanecer sentado y a tomar el té que ella le ofreció mientras los flamencos sobrevolaban la laguna.

             Los viajes se repitieron en el mes de agosto y en las navidades de los cuatro años siguientes. La mujer le esperaba; él la obsequiaba con sábanas, mantas, cortes de tela, fundas de almohada y, antes de marcharse, dejaba algún dinero bajo las esteras.

              Aunque sospechaba que su corazón —el real, el que latía misteriosamente en su pecho y no era suyo— le imponía aquel extraño proceder por el cual la mujer y él se hallaban unidos, nunca dijo nada al doctor, ni a nadie.

             Una vez, a comienzos de las vacaciones de verano, viajó a la aldea. Llamó a la puerta y salió a recibirle un hombre joven; del interior de la casita brotó el llanto de un bebé. Se disculpó, dejó el regalo y abandonó el lugar antes de que la mujer saliera preguntando de quién se trataba.

             De vuelta de ese viaje sintió una satisfacción inexplicable, como si hubiera llevado a cabo con éxito el mandato de una entidad invisible, de cuyo bienestar  dependía también el suyo. Supo entonces que ya nunca más volvería a aquel lugar.

             A veces, en esos atardeceres de otoño en que la luz del sol se demora en el horizonte tiñendo de rosa el filo de la sierra, siente latir extraña y dulcemente su corazón.

 

Francico Gómez-Porro