contrafábula


Chico abandona la caseta antes del amanecer y se detiene frente a la puerta de la vivienda, todavía en sombras.

             —¡Vamos, Sabicas! —le oímos gritar a pleno pulmón.

            Y nosotras, que nos hicimos la promesa de cuidar de Sabicas cuando lo del accidente de Juliana, repetimos:

            —¡Vamos, Sabicas!

            No pasan muchos minutos antes de que, insomne, ebrio de cansancio, obligado a mover su cuerpo como una máquina que hay que mantener en funcionamiento, Sabicas abandone la casa y penetre en el establo.

            Intentamos que todo tenga un aspecto cálido, acogedor, en el que Sabicas pueda sentirse a gusto con sus recuerdos. Pero por ahora no hemos conseguido gran cosa. Sin ver, sin oír, casi sin tocarnos, Sabicas inspecciona los pesebres y llena de agua los bebederos. Es como si estuviera muerto aunque pueda mover las manos y los pies y abrir y cerrar los ojos.

            Pero no es hora de palabras. Chico tiene prisa; hay que aprovechar los pastos primaverales. Antes, Sabicas debe atender a Brunilda, que permanece separada de nosotras y aprieta los dientes.

            —¡Vamos, Sabicas! —le grita Chico. Y él, aunque tarda en oír, como si la voz hubiera tenido que recorrer un largo trecho antes de llegar a su oído, se unta las manos de gel y se arrodilla junto a Brunilda, que lo mira con los ojos desorbitados y amables de quien siente el dolor propio y el ajeno.

            Sabicas introduce una mano en la bolsa caliente, llena de fluidos, y manipula en su interior hasta situar al corderillo en posición de salida. Todas hemos sentido alguna vez esa mano que consuela, que parece susurrar dentro de tus entrañas: «Tranquila, mamá, todo va a salir bien». A Brunilda ya se le nota su efecto y sólo tiene que hacer un último esfuerzo: el corderillo sale intacto. Sabicas se apresura a rociar con yodo su tallo umbilical y a dejarlo junto a la madre.

            Todas lloramos de alegría y besamos a Brunilda y a su corderillo que, ya en pie, temblequeando, estira el morrito para detectar los mil olores del mundo al que acaba de llegar. Brunilda nos mira con ojos empapados de gratitud, pero pronto cambia su expresión por otra de protesta.

             —Vale, ya está bien. Ahora no le dejéis solo.

             Salimos de los corrales, bajo la supervisión de Chico, que corretea dando órdenes, y cuando llegamos a la puerta de la valla nos detenemos a esperar que llegue Sabicas. Es el momento más difícil del día. Sabicas mira el cielo, los olivos, la raña —que tiene ya las caderas llenas de hierba fresca—, todo eso que su mirada compartió con la mirada de Juliana durante muchos años. Su vida y las nuestras dependen de este momento. Chico ladra y corretea, envolviéndolo en un abrazo.

             —¡Vamos, Sabicas!

             Nosotras le lamemos las manos, dejamos que los corderillos se froten contra sus piernas. A veces, pensamos que no abrirá, que se quedará ahí para siempre, frente a la valla, sin mover un músculo, mirando la tierra oscura, embelesado con el recuerdo de la muerta, definitivamente solo y desolado.

             —¡Vamos, Sabicas! —gritamos por turnos para que nos reconozca una a una.

             Al fin, con gran esfuerzo, como si empujara una piedra diez veces mayor que su peso, abre la puerta de la valla. Nosotras salimos ordenadamente, bebiéndonos el aire cálido, suspirando por llegar cuanto antes a los pastos. Chico ladra mientras conduce el rebaño. Sabicas nos sigue, sin fuerzas para apoyarse en el cayado. Pero lo intenta, debe intentarlo, por él, por todas nosotras.

             —¡Vamos, Sabicas! —gritamos todas a una.

 

Francisco Gómez-Porro