así no se puede vivir


El caso es que Luna va a elaborar su bizcocho de limón; tiene la harina, el aceite, la copita de ron, el sobrecito de levadura y la ralladura. Sólo faltan los huevos, que comienza a batir con un tenedor.

            De pronto, se detiene. ¡Pues no le parece que cada vez que mueve la mano se abre una boca! Y no una boca cualquiera, no, sino una boca que grita de dolor, que intenta dar un alarido, que aparece y desaparece a medida que bate las yemas con el azúcar, y que le recuerda —¡qué cosas!— a esos desgraciados que vio anoche en la televisión huyendo de los bombardeos en un lejano lugar del mundo.

             Tomás abre la mesa de tijera bajo el manzano; ha extendido el mantel y ha sacado la comida de la cocina dispuesto a disfrutar del buen tiempo. Entonces ha visto caer una hormiga en su plato de sopa; y después otra, y luego varias a la vez. Ha levantado la vista y allí estaban, negras e imparables, formando una densa columna que avanzaba a través de una rama.

             —¡Joder, es mi comida! —ha exclamado retirando el plato.

            Y así, de golpe, sin esperarlo, el pobre hombre ha recordado a esos infelices subidos a la valla de Melilla, con las manos ensangrentadas, dejándose caer igualito que las hormigas en su plato de sopa, perdón, quiero decir a este lado de la frontera.

             Es una desgracia, a mí no me digan que no. Y la cuestión es que, como dice mi prima Basi, así no se puede vivir.

             —Bien está que el dolor humano no nos deje indiferentes, pero de ahí a convertir cada día en un rosario de penas, hay un gran diferencia.

             Pero mi prima Basi, que vive en Fuente el Fresno y vino a Los Quiles a comprar garbanzos, que son más suaves que la manteca, me llamó luego por teléfono.

             —Chica, es que ni con un pellizco de sal para que ablanden. Ni con bicarbonato siquiera. Ni aunque cuezan cinco horas seguidas.

             Y luego me ha vuelto a llamar, ya más serena, y me ha dicho que no es que los garbanzos sean duros, es que no los pueden masticar por culpa de un garbanzo negro que hace que ella y Cele, su marido, se acuerden de los negritos hambrientos.

            Es un engorro, no hay más que hablar. Pero quién puede impedirlo. Sin duda viviríamos mejor sin radio ni televisión, pero las ideas son como ese viento que sopla del norte y lo mismo levanta una liebre que una moneda enterrada hace mucho tiempo. Son así las ideas.

             Ahora mismo, que estoy picando migas en la cocina, me sube un hormigueo por la espina dorsal que se transforma en un escalofrío al llegar a la nuca. Y ya se lo que me pasa, porque veo muy bien el rostro del hombre que ayer fue ejecutado en la silla eléctrica en una prisión de Texas.

             No, definitivamente, digan lo que digan, así no se puede vivir.

 

Francisco Gómez-Porro