no nos rendimos


Seguro que muchos de vosotros habéis oído hablar de las caras de Bélmez. Pues bien, en La Solanilla ocurre lo mismo, sólo que en lugar de caras en el suelo de una cocina, lo que aparece son pintadas en las paredes de las casas abandonadas.

            —Esta vez viene también el Servicio de Limpieza de Malagón —dice Cleto en un susurro, tras echar un rápido vistazo por encima de la roca que impide que seamos vistos desde abajo.

            Los demás sonreímos. ¿No es una paradoja divertida que en La Solanilla no viva nadie desde los años ochenta y sin embargo haya más actividad policial que en todos los pueblos habitados de los contornos?

            Nosotros somos del otro lado del valle, de Valdececioso, y seguimos desde hace meses el desarrollo de este extraño caso que tiene en estado de alarma a todas las autoridades de la provincia.

            —¿Qué hacen ahora? —pregunta Quique.

            —Están pasándole la espátula a la pintada de la almazara, esa que dice ALFON LIBERTAD.

            —¿Y la otra, la del lavadero, la que pone JUSTICIA PARA COUSO?

            —A esa no han llegado todavía —dice Cleto—. Antes tienen que borrar las que dicen STOP DESAHUCIOS, RODEA EL CONGRESO, JUSTICIA PARA PATRICIA y otras pocas más.

            Hace tiempo que en La Solanilla aparecen estas pintadas sin que se sepa quiénes son sus autores. Ya digo, como las caras de Bélmez, sólo que aquí salen palabras. Palabras de hoy, vivas, cuyo significado apenas conocemos, pero que deben ser muy comprometidas cuando se toman tanto trabajo para borrarlas.

            —Esto es obra de algún cachondo de Madrid que quiere pitorrearse de los pueblerinos como nosotros —dice Quique.

            Yo creo que no, que es la aldea, La Solanilla; no quiere morir. Todavía tiene la esperanza de sentirse útil, de ver crecer el trigo dorado, de oler a higuera y tomates recién regados. Como dice el tío René, que va a la vendimia de Francia todos los años, por mucha tierra que arroje el sepulturero sobre una vida, más tierra levanta la palabra para poner al descubierto lo que la pala de aquél quiere tapar.

            Hemos decidido ayudar un poco a esas casillas maltrechas por la incuria, a cuyas ventanas asoma la hiedra como diciendo: «¿Veis? Aquí todavía hay vida esperando a la vida. Venid, no temáis».

            La policía, que según declaraciones oficiosas de los mandos confía en atrapar a los responsables, sigue ahí, custodiando los accesos polvorientos a La Solanilla. No hay más que decir. Tres de nosotros se han destacado con la oscuridad de la noche mientras los demás vigilaban. Ahora, con la primera luz del día, apostados como perdices detrás del risco, leemos perfectamente lo escrito:

NO NOS RENDIMOS

 

Francisco Gómez-Porro