luna de agosto


A nadie interesan ya nuestras patatas, como cuando acabó la guerra y venían a comprarlas de Talavera y Toledo. Tampoco las habichuelas ni las habas ni los garbanzos. No es de extrañar que todos se marcharan. Sólo quedamos la Beni y yo.

            La Beni, que cumplió ya los noventa años, pone el volumen del televisor en lo más alto para que los ladrones piensen que la aldea está habitada. Cada noche me observa desde la ventana de su casa.

            —Gracias, Beni —le digo en un susurro—. No te preocupes. Sé cómo tratar este asunto.

            Salgo a la calle solitaria. Tiendo en el suelo la sábana que la Beni se ocupó de blanquear con bicarbonato hasta la blancura perfecta. Sólo tengo que esperar. Al poco la veo asomar entre las colinas; tiene el rubor de los recién nacidos, como si se hubiera hartado de leche y tras eructar quisiera recostarse sobre la raña para dormir un poco antes de salir al valle.

            —Ya puedes cenar —la invito de muy gentil manera.

            Todavía es muy joven. Está fascinada por la blancura de la sábana, se queda atontada. Sólo hay que esperar que suba un poco más para que se deje caer atraída por el banquete irresistible.

            —¡Vamos, hártate! —la animo—. Es para ti.

            Tiene el tamaño de una sandía y necesita energías para el viaje. Ya no aguanta más y, tras descender con cautela, se deja caer sobre la sábana. Se restriega como un gato, borracha de blancura. Entonces salto de mi escondite y corro a atraparla. Una vez cubierta, anudo los picos de la sábana formando una especie de hatillo o de saco que me echo a la espalda.

            —¡Es la luna de agosto! —le digo, con expresión de triunfo, a la pobre Beni—. Todavía está muy tierna.

            Ya no nos quieren para dar color a sus viajes fotografiándose junto a nosotros. Ya no somos objeto de reportajes exóticos o de tesis doctorales como en los tiempos en que un ejército de estudiantes recorría los valles tomando datos sobre nuestros orígenes. Ahora sólo quieren cosas que nunca se deberían vender: un nido de chotacabras que, como es sabido, sólo es un hueco imperceptible en la tierra; el sonido que hacen con el viento las puertas viejas y el de los baldes bajo las goteras de las casas abandonadas. Cosas así. Aunque lo más preciado, lo único que de verdad valoran es nuestra luna; especialmente, la luna de agosto.

            —¿Qué llevas en ese saco, muchacho? —me pregunta el conductor del autobús en el que me dirijo al mercado de Ciudad Real.

            —La luna de agosto —le respondo en voz muy baja para no despertar la codicia del resto de los viajeros.

            El conductor contempla fascinado por un momento mi captura.

            —¿Me permites olerla?

            Le acerco el saco hasta la nariz y dejo que se dé el gusto.

            —¡Huele a amor y a sal! —dice cuando concluye—. La venderás bien. Tener una luna de agosto en el dormitorio es el sueño de cualquier pareja. Pero con el precio que tiene ¡quién puede comprarla!

 

Francisco Gómez-Porro