donde la vida no se acaba


—¡Para, por favor! —gritó Marta sacándolo de la brutal monotonía de aquel valle.

             —¿Qué pasa?

             Marta, lívida, parpadeó.

            —No sé. Me ha parecido ver a alguien detrás de una de esas ventanas.

             Amos giró la cabeza y dirigió un vistazo al caserío abandonado que acababan de dejar atrás.

             —No lo creo —dijo—. Hace años que por aquí no pasan ni las cabras.

             Estacionaron el coche a la sombra de unos falsos almendros que flanqueaban la entrada a la aldea. El aire era puro y cálido.

             —¿Dónde ha sido? —preguntó Amos.

             Marta no respondió; temblaba cuando él puso una mano en su hombro mientras paseaban entre casas cuyas paredes se desmoronaban o carecían de puertas. Con ayuda de la humedad, las caracoleras asomaban en el suelo, reventando baldosas y azulejos.

             Marta se detuvo frente a la única ventana de una casa que parecía conservar todavía las paredes en buen estado, pese a que el musgo que brotaba entre las grietas de la puerta indicara que no había sido habitada desde hacía mucho tiempo.

             —Había una niña —oyó decir a Marta.

             —¿Una niña? ¿Aquí? —preguntó Amos.

             Habían llegado hasta un pequeño patio lleno de escombros donde prosperaba un raquítico granado.

             Amos observó a Marta y se preguntó qué sabía de ella. La había conocido en una casa okupada de Chamberí. Todas sus propiedades se resumían en un saco de dormir y una esterilla. Sus amigos cambiaban de nombre, pero siempre eran parados, madres solteras, familias a las que protegía o en las que se refugiaba. Había algo desencajado en su manera de ser.

             Amos dio un traspiés y perdió el equilibrio; cuando levantó la vista, Marta ya no estaba en el patio.

             —¡Marta! —llamó.

             Un estornino graznó en el tejado. Penetró en una habitación donde se podía apreciar la mancha menos oscura que dejó el cabecero de la cama en la pared. Aquel olor a miseria le repugnaba.

             —¡Marta, por favor! Tenemos que proseguir el viaje —se oyó decir, como si las palabras hubieran sido pronunciadas por otro y él sólo se hubiera limitado a escucharlas.

            Se asomó a otra habitación que indicaba haber sido la cuadra de la vivienda. Después accedió a otro cuarto donde la chimenea estaba semioculta por una gruesa tela de araña.

             —¡Marta! —gritó de nuevo. Ese nombre, Marta, le sonó extraño por primera vez.

             La última habitación daba a la calle. Vio la ventana, sucia de polvo y cagadas de mosca donde Marta afirmaba haber visto el rostro de una niña. Salió de nuevo al patio y permaneció allí sin pensar en nada, envuelto en aquella inhóspita atmósfera de ruina e irrealidad. Antes de abandonar la casa para siempre lo intentó de nuevo, pero esta vez no gritó. Le habló como si ella pudiera oírle perfectamente, como si la tuviera al lado.

             —Marta, voy al coche. Dentro de un minuto pasaré a buscarte. Tenemos que seguir el viaje.

             El tordo graznó de nuevo. Abandonó la casa y caminó entre las ruinas de la aldea vacía hasta llegar al coche. Encendió el motor, el olor a violetas de Marta aún flotaba en el ambiente. Entonces lo comprendió. Sólo tuvo que conducir despacio y abrir bien los ojos. Sintió latir con violencia su corazón.

             Ahí estaba la casa.

             Ahí estaba la ventana.

             Ahí estaba la niña, el rostro de una niña que era el de Marta antes de que él la conociera y decidieran compartir un tramo de sus vidas.

             Marta que, por fin, después de haber vivido en muchos lugares, había ocupado realmente su sitio.

 

Francisco Gómez-Porro