hoy se va el mar


El mar está picado esta mañana, y los niños han tenido que contentarse con pasar el tiempo en la playa haciendo castillos de arena bajo la celosa vigilancia de sus padres.

             Feliciana dirige una mirada torva hacia la raña de Matagrande. Cuando las nubes se apelotonan y ruedan hasta el valle es que el verano se acaba para nosotros y el mar desaparece de la aldea hasta el año que viene.

             —Será hoy —dice.

             Sí, tal vez el mar se despida hoy de nosotros, pero ahora es todo tan lindo, tan sosegado y tierno, que a uno no le dan ganas de salir del agua hasta la noche.

             —¡Qué lástima que sea el último día del verano! —dice Natividad a su marido que, aunque sordo y ciego, siempre espera a que acabe su baño para envolverla amorosamente con la toalla.

             Nunca le vemos aparecer. Llega un día cualquiera de junio, con su agua azul, su playa de arena fina y sus gaviotas chillonas. Es un mar tranquilo, reparador, solidario, al que le gusta masajear las piernas varicosas de Josefina, descender un poquito para que Gabriel no tropiece, asolarse como si padeciera una fiebre muy alta para que los más pequeños jueguen con él. De noche, desde la cama, le oímos bostezar como un joven agotado.

             —Se irá hoy —musita Tania al oído de su novio, que atiende el chiringuito.

             Una vez, hace muchos años, mi padre y su amigo Jere quisieron averiguar de dónde procedía este mar de los montes de Toledo, pero, pasadas las peñas donde se bañan los jóvenes, una ola les devolvió de un empujón a la playa. Lo intentaron una y otra vez, vaya si lo intentaron, hasta que los vecinos les pidieron que lo dejaran porque a nadie le importaba de dónde venía el mar.

             —¡Si se quedara durante todo el año! —suspira el industrioso Valladares, que acaricia el proyecto de montar un criadero de nécoras y mejillones en pleno monte.

            La mañana, por lo demás, discurre con pasmosa lentitud. Todos sabemos ya que el mar se irá hoy, y no nos importa demasiado. Son pocos días los que está con nosotros —diez, quince, como mucho—, ¡pero son tantos los lugares necesitados como el nuestro de su húmedo abrazo!

             —Estará con nosotros hasta que nos marchemos a descansar —dice Feliciana, llamando a sus hijos para quitarles la arena de los pies.

             Todos la imitamos. Los últimos en abandonar el agua son los muchachos que regresan nadando a braza, en una ruidosa carrera que es una despedida.

             Ahora sólo se oye el sonido de las vajillas en las cocinas y el de la televisión, y la aldea parece que ha regresado a una de esas noches cálidas y huecas del final del verano, cuando todas las voces se oyen como si brotaran del fondo de una cueva.

             Un coche penetra con lentitud en la aldea. Son Tania y el novio; ahora, aislado en medio de la raña, el chiringuito parece un chaparro más.

            No hace falta preguntar. El mar se ha ido, lo sabemos porque ahora huele a esa florecilla de túnica azafranada que sólo crece en las coladas por donde pasan los rebaños, y porque al chillido de la gaviotas le sucede el de la berrea de los ciervos que nos indica que el otoño va a comenzar.

 

Francisco Gómez-Porro