¿nos oye, señor alcalde?


Estamos taladrando con el berbiquí manual la cara del señor alcalde. A cualquiera le produciría un dolor terrible con sólo que le rozara la broca, pero el señor alcalde ni se inmuta.

            —¿Nos oye, señor alcalde? —gritamos por turnos. ¡Somos nosotros, el pueblo soberano!

            Nada, silencio absoluto. El señor alcalde sigue ahí, detrás de esa cara que parece haberse formado a través de incontables edades geológicas, taraceada por arrugas milenarias que denotan los mil sinsabores de su dedicación.  

            —Esto no sirve —declara Francisco, dejando el berbiquí a un lado—. Probemos con la perforadora para hormigón.

            Mónico, que desde hace meses roza tímidamente con una lima la cara del señor alcalde para que su desventurada hija pueda recibir una ayuda —cualquier cosa— por discapacidad, se muestra prudente.

            —Tal vez si intentamos parlamentar otra vez —se aventura a sugerir, apocado y tembloroso.

             Pobre Mónico; teme que el señor alcalde se cobre nuestra impertinencia no apareciendo jamás detrás de su cara.

            —Será inútil —dice Francisco, que vivió mejores días antes de que su pequeña empresa de construcción se fuera al garete—. Tiene una dureza de 8 en la escala de Mohs.

            Las palabras de Francisco nos dejan suspensos, pero inmediatamente recobramos el habla para dirigirnos al señor alcalde, no por nosotros, claro está, que no creemos ya que el señor alcalde vaya a salir jamás de su silencio paleozoico, sino por Mónico, porque su situación es bien triste y desesperada. Al fin y al cabo, los demás sólo queremos acceder a la lista de empleo para trabajar en la limpieza de las calles, mientras que él, Mónico, tiene una hija que necesita la ayuda de todos.

            —¿Puede oírnos, señor alcalde? —grita Francisco—. Le elegimos para que nos representara y queremos que nos escuche. 

            —No se esconda, dé la cara de una vez —añade la Floriana blandiendo el molde de hacer perrunillas.

            Salvo por esa mancha de liquen que brota entre las comisuras de sus labios mientras le hablamos, la cara del señor alcalde no experimenta signo alguno de cambio en su naturaleza rocosa.

            —Es imposible —dice Francisco renunciando a toda tentativa de negociación—. Lo dicho, seguiremos con la perforadora para hormigón. Pero antes tenemos que reponer fuerzas.

            Ahora salimos del despacho para ir a comer a nuestras casas. Llevamos así varios días y, por lo que se ve, pasará mucho tiempo antes de que la cara del señor alcalde sufra algún tipo de alteración apreciable.

            —A mí me parece que ha engordado —dice la Floriana, que es la última en salir.

            Es posible que Floriana lleve razón. Aunque los filósofos afirman que las piedras carecen de mundo, es decir, que no engordan, la cara del señor alcalde sí, y eso hace más difícil llegar hasta él.

            Soy poeta, me gusta pensar que las palabras son capaces de abrirse paso en cualquier materia por dura que sea. Sin embargo, hay veces que es necesario ponerlas en contacto con la vida real para que rebasen su condición de letra muerta. ¡Qué sé yo! Tal vez por eso no he vacilado en sumarme a los que proponen que, en caso de que falle la perforadora para hormigón, contratemos los servicios de una apisonadora. 

 

Francisco Gómez-Porro