¡que viva el pueblo mapuche!


La semana pasada nos dirigimos por correo electrónico a los representantes del pueblo mapuche. Básicamente, el mensaje decía que a partir de ahora, nosotros, los habitantes del Cerro de la Mona, sito en los Montes de Malagón, no sólo nos declaramos solidarios con la lucha del pueblo mapuche contra el estado chileno que usurpa sus tierras, sino que también, en pleno uso de nuestras facultades, nos publicamos mapuches legítimos y como tales ejerceremos en lo sucesivo.

           —¿Y eso cómo se traduce en términos políticos? —pregunta, un poco desorientado, el autor de este cuento.

            —Muy sencillo. A partir de ahora, y como mapuches legítimos, sólo obedeceremos las leyes y tradiciones de la mapuchería.

            Al principio no hemos notado nada. Salvo Loli, que ha sufrido una indisposición y la hemos llevado a casa porque nadie entendía lo que decía, los demás hemos seguido con las rutinas de siempre. Al atardecer, ha comenzado el cambio.

            —Oye, ¿tengo algo en la cara? —nos ha preguntado Carlos.

            —Pues sí, ¿qué son? ¿pinturas?

            Eran pinturas, desde luego; rayas negras, azules y blancas sobre las cejas y en las mejillas, pero aunque se ha frotado con agua y jabón hasta desollarse la cara no ha conseguido quitárselas.

            Luego ha sido como si la luna nos convocara bajo la olma de la plaza. ¿Dónde vamos, en silencio, monte arriba, todos juntos, como si fuéramos a conquistar el cielo?

            Hemos llegado a la valla que rodea el coto que, a su vez, rodea el Cerro del Mono por todas partes menos por una que conduce a la carretera general. Todos traíamos martillos, cizallas, limas, cualquier cosa que sirviera para tirarla.

            —¡Viva la lucha del pueblo mapuche! —hemos gritado a coro al terminar la tarea.

            Ninguno ha dormido en casa. Antes bien nos hemos apresurado a dirigirnos de nuevo a los representantes del pueblo mapuche para que sepan que aquí, en este lugar de la sierra de Toledo, hay mapuches que defienden lo que es suyo contra todas las asechanzas del estado chileno.

            —¿Y por qué chileno y no español, puesto que estáis en España? —pregunta el autor, absolutamente perdido, ya que, aunque se sabe cómo empiezan, en los verdaderos cuentos jamás se puede sospechar el final.

            ¿Habrá que explicar mil veces que mapuche significa «gente de la tierra» y que, por consiguiente, da igual donde luches y por lo que luches si lo que importa es defender la causa de la dignidad humana y de la vida sobre la tierra? Pues sí, habrá que explicarlo muchas veces, especialmente al dueño del coto, que nos ha denunciado por ocupación ilegal y otras naderías. Además, que rápidamente los representantes mapuches nos han contestado diciendo que allí, en Temucuicui, en la llamada Comuna de Ercilla, se han sublevado contra el olvido en que las autoridades españolas tienen a los habitantes del Cerro de la Mona, y eso como que nos ha inyectado el optimismo necesario para seguir luchando.

            Estamos aguardando pacíficamente a que vengan a sofocar la rebelión mapuche de los Montes de Toledo. Pero esta vez no estamos tan solos como se creen.

 

 

Francisco Gómez-Porro