en campaña

¿Conocéis Las Peralosas? Seguro que más de uno ha comprado allí alguna vez un poco de estiércol para la viña. Hay eras rubias, almendros que refunfuñan con las heladas y cereal, mucho cereal, y unos cuantos corrales que parten en dos la carretera como si fuera un bizcocho. Pasé por allí este mes de junio. Me dijeron:

            —Hoy viene el candidato.

            Llegó a las cuatro, con un séquito de rubias y corbatas azul marengo. Los vecinos, abanicándose con la mano, lo rodearon.

            El candidato, ya en la tarima, improvisada sobre un tractor, tomó aire a pleno pulmón, lo contuvo y después lo expulsó lenta y sutilmente entre los dientes. Hubo algún comentario elogioso, todavía aislado, pero elogioso. Luego pasaron quince minutos en que el candidato se limitó a llevarse la mano cerrada a la boca y a carraspear en silencio, de hecho su nuez subía y bajaba con rapidez, pero de sus labios no salió una palabra.

            —¿Por qué no empieza? —le pregunté a un vecino que mascaba con desgana un trozo de paloduz. 

            —Aquí no nos gusta la palabrería —me respondió con la pachorra de un arcipreste libertino.

            Cuando miré de nuevo a la tarima, el candidato, rojo de ira o de indignación, se golpeaba el pecho como un orangután en celo y parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas. Luego pasó a mover las manos como si devanara ovillos de lana, sólo que no había lana y era que contenía la respiración. Un emocionante silencio acompañaba sus movimientos. Al borde ya de la apoplejía, elevó los brazos al cielo como si convocara a las fuerzas de las tinieblas, luego bajo los hombros y respiró. Entonces, para mi sorpresa, estalló una salva de aplausos. La gente se rompía las manos mientras una rubia le limpiaba la baba y el sudor de la frente con un pañuelo bordado con sus iniciales. Comprendí que hacía grandes esfuerzos para no decir nada y que en eso consistía su intervención. ¿Y por qué? Pues porque era eso lo que se esperaba exactamente de él.

            Ya dije que el negocio de Las Peralosas es el estiércol. Allí la gente se acostumbra a tratar con la mierda lo mismo que otros con el grano. Cuando se negocia con mierda, se pone un precio, se paga y asunto concluido.

            Ahora el candidato tenía una sonrisa de satisfacción en los labios y movía la cabeza invitando a todos los presentes a sumarse a esa sonrisa. Los vecinos, complacidos ante la lluvia de cumplidos, correspondían con nuevas salvas de aplausos. Todo iba la mar de bien.

            Pero, de pronto, el candidato se llevó una mano al corazón; tenía lágrimas en los ojos.

            —Gracias —dijo. O tal vez no dijo nada y se limitó a mover los labios, quién sabe.

            Fue el comienzo del fin. Mi vecino se plantó delante del remolque y le espetó:

            —¡Mentiroso!

            —¡Vete con el cuento a otra parte, gilipollas! —le gritó una mujer especialmente despeinada para la ocasión.

            —¡Malnacido! —se oyó decir a un chaval desde su motocicleta.

            Los insultos subieron de tono, alguien lanzó contra la tarima una de esas boñigas que os gusta poner al pie de la planta. Entonces los de la corbata se apretaron el nudo y tomando al candidato por los sobacos, lo arrastraron hasta uno de los Audis y salieron a toda velocidad.

            Ya sabéis cómo es la gente en estas aldeas de los montes. Pasan mucho tiempo solos, con sus animales, con sus olivos. Te escuchan, te dejan hablar, les gusta que les preguntes una dirección o por un lugar con sombra donde descansar del viaje, pero sobre todo les gusta el silencio, ese silencio purificador, responsable, respetuoso, del que no tiene absolutamente nada que decir. 


Francisco Gómez-Porro