rodea el agrión


Hemos decidido rodear el Agrión; así, por las buenas.

            —¿Cómo que por las buenas? Alguna razón tendrán.

            La periodista, que ha venido de Ciudad Real acompañada de un cámara para cubrir el acontecimiento, no cesa de importunarnos con la misma pregunta desde hace horas, bajo la mirada de la guardia civil que, según nos ha dicho el sargento, sólo está aquí para que la cosa no se desmande.

            —¿Es por el estado del monte? —pregunta la periodista, tendiéndole a Gimena el micrófono.

            Gimena es nuestra portavoz; cada vez que la enfoca la cámara le da un ataque de risa que avinagra la expresión de la periodista. Con todo, la muchacha es una buena profesional y disimula su fracaso con un nuevo ataque.

            —¿Es por el coto privado que ocupa casi todo el término y no da trabajo?

            Gimena, siguiendo nuestro mandato, se troncha de risa, y la periodista —que, pese a todo, es un ser humano—, se pregunta si no existirá entre nosotros un portavoz más adecuado que Gimena, error del que la sacamos sin vacilar señalando a Gimena como la única persona capaz de representarnos en tales circunstancias.

            El Agrión es el monte más alto de la sierra; pero no se sabe de nadie que suba a su cima ni de que lo haya hecho jamás, ya que lo rodea por todas partes una valla de varios kilómetros.

            —Es la valla —dice la periodista con una profunda convicción, mirando directamente a la cámara—. Como vecinos no pueden acceder al monte debido a la valla y a los guardas de la finca. —Y vuelve de nuevo a dirigirse a Gimena:— ¿No es eso?

            Gimena ríe con gusto; nosotros la acompañamos con una media sonrisa de ánimo porque lo hace muy bien. Pero el sargento de la guardiacivil, harto de tanta indefinición, tercia en la entrevista.

            —Pero, vamos a ver, ustedes han venido aquí por algo ¿no?

            Sí, hemos venido, pero no sabemos por qué. A lo mejor ha sido porque son muchos años mirando la cima del Agrión sin saber lo que corre o crece sobre ella, eso nadie puede decirlo. Lo importante es que estamos aquí.

            —¿Y por qué rodear el Agrión y no la Delegación de Gobierno de Ciudad Real?— sugiere, sibilina, la periodista.

            Gimena ha parado de sonreír por un instante, como calculando hasta qué punto está dispuesta la periodista a escuchar su respuesta, pero cuando ésta le ha puesto el micrófono en los labios ha soltado una risotada, lo cual, traducido, quiere decir que no, que no vamos a rodear otro lugar que no sea el monte de nuestra aldea, que a nosotros lo que nos gusta es ir todos juntos, de la mano, cantandillo, levantando bandadas de pinzones y de estorninos y llamar a los venados y a los jabalíes, aunque en su lugar acudan la guardia civil y los periodistas porque la alambrada nos corta el paso.

            —¿Entonces es una romería?

            La carcajada ha sido general, porque aquí no hay ni santo ni caldereta de cordero, pero en ese momento la periodista ha ordenado cortar la grabación y la guardia civil se ha prevenido ante un posible ataque por sorpresa o un movimiento inesperado de nuestras filas.

            Hemos rodeado El Agrión, así, por las buenas. ¿Y qué?

 Francisco Gómez-Porro