hundimientos

Le digo a Cayo que tape el socavón. Tiene que hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Lo malo de los hundimientos que desde hace meses se producen en el campo es que no sólo se pierde la producción de la zona afectada, sino que también se abre un agujero tan profundo y  ancho que permite la salida de casi todo.

        Pero Cayo se opone de firme.

        —Lárgate de aquí —me contesta de muy malos modos—, ¿te digo yo lo que tienes que hacer en tu propiedad?

        Es natural que Cayo se muestre turbulento. Hace dos años, su hija mayor, la Chelo, se fue a Madrid para trabajar en una peluquería, pero después nos enteramos de que estaba haciendo la calle por Montera. Mala suerte.

        —Cayo —le llamo, con la mayor serenidad—. Si no tapamos los hundimientos será nuestra ruina, ¿es que no lo entiendes?

        Cayo entiende perfectamente lo que le digo, pero no quiere escucharme. Y en lugar de correr al tractor y cargar un remolque de piedras para tapar el agujero, se queda ahí, absorto en la tierra removida que, al pronto, comienza a burbujear.

        —Por favor, Cayo —le digo, seriamente preocupado, sacando la pala del maletero del automóvil—. Tienes que darte prisa. Si quieres yo puedo hacerlo por ti, no me importa.

        En lugar de escucharme, Cayo se echa la azada al hombro y, garboso, como si fuera a plantar ajos, al pasar a mi lado dice:

        —Espero por tu bien que ni siquiera lo intentes.  

        —Pero ¿es que no lo comprendes? No puedes dejar abierto ese agujero. La aldea corre peligro si lo haces. Escúchame, por favor —exclamo, impotente, y convencido de que mis palabras son completamente inútiles.

        Por toda respuesta a mis requerimientos Cayo se detiene en la boca del agujero y hace ademán de escuchar. No hace falta que me diga lo que oye; pienso en los niños centroafricanos que surgieron la semana pasada en la alfalfa de Ponciano. O en las mujeres magulladas y famélicas que aparecieron entre las habas de la Felisa. O en los chinos que brotaron del agujero de la viña de Caro, el hijo de Nicomedes.

        —¿Qué ocurre, Cayo? —pregunto con ansiedad sin dejar de mirar a la profunda grieta que se abre cada vez más en el patatar.

        No me responde, para qué, puedo verlo por mí mismo. Poco a poco surge una cabecita, y después otra y así hasta siete en total. Son niños de rasgos arábigos, el sol les molesta un poco, pero pronto abren sus grandes ojos y miran alrededor con expresiones de pasmo.

        —¿Qué haremos ahora, Cayo? —exclamo desconsolado—. ¿A dónde los llevaremos? La aldea ya está abarrotada. Nadie puede acoger más refugiados en su casa. Todos hemos superado con creces el cupo asignado para cada familia. Yo mismo tengo ocho personas, todas de distintos lugares. Basta, Cayo. Impide que el agujero se ensanche o todos pereceremos.

        Cayo no presta atención. Ni siquiera mira a los niños. Sólo mira el agujero porque espera que de un momento a otro aparezca su hija, la Chelo, que se fue a Madrid y acabó de puta en Montera.

        Un autillo deja sonar las notas más agudas de su ocarina mientras la noche lanza paladas de sombra fresca  sobre la sierra. Los siete niños caminan en fila india; pronto llegarán a la aldea.

 

 

Francisco Gómez-Porro